Favier Dubois & Spagnolo

Ruperto el golfista

abril 12, 2017Cuentos0

RUPERTO EL GOLFISTA

El destino de Ruperto era ser golfista, aunque por muchos años lo había ignorado. A diferencia de sus compañeros del club, Ruperto había comenzado a jugar al golf de grande. Desde chico había mirado al juego sin ningún interés pensando que no era para él, que era un deporte para gente sola, rica o vieja. Ocurrió de pronto, el día que cumplió sesenta años, cuando estando divorciado y sin hijos, ya retirado de su empresa y dedicado laxamente a administrar sus ahorros e inversiones, que se sintió sólo, rico y viejo y decidió empezar a practicar golf.

Fue así que conoció a Estela, una profesora de Golf que le recomendó un viejo cliente de nombre Fabián. Ella era una ex campeona de golf que pasaba su madurez dando lecciones, no para ganarse la vida, que ya tenía segura en lo material, sino como un modo de evitar el aburrimiento, que es la maldición dada por Dios a los ricos. Por eso sólo enseñaba a gente que consideraba divertida: artistas, políticos, diplomáticos, empresarios…. Ella aceptó tomar como alumno a Ruperto, al que le habían descripto como un pálido ex ingeniero de sistemas que misteriosamente había hecho buena plata, sólo porque se lo recomendó Fabián, a quien admiraba y con quien tiempo atrás tuvo una especie de romance que aún seguía con final abierto.

La cita para la primera clase fue en el driving de la Costanera Norte, lugar donde los golfistas de todas las clases y categorías, dejando a un lado sus diferencias y unidos por el miedo al fracaso, se encuentran durante los días de semana para practicar el deporte más odiado y amado del mundo. Esa igualdad desaparece los fines de semana cuando cada uno va por su lado al Club que le corresponde, según su status social, bolsillo o nivel de juego, para rendir examen de golf ante el inapelable tribunal de sus compañeros. De dicho examen dependerá, en muchos casos, su estado de ánimo de la semana siguiente y, por encima de ello, su autoestima y el sentido de su propia vida.

El día fijado para la primera lección Ruperto, conforme con su estilo, fue preparado para deslumbrar a Estela con relucientes palos de golf, vestimenta reglamentaria y zapatos a tono. Estaba tan elegante que podía haber sido confundido con un exitoso profesional vestido para disputar el torneo de Augusta, el más famosos de Estados Unidos. Pero Estela, que de golfistas conocía mucho, en seguida se dio cuenta que se trataba de elementos de golf conseguidos de segunda mano por internet, en buen estado, pero de baja calidad, lo que evidenciaba que el hecho de que Ruperto fuera rico no impedía que fuera algo miserable. Se miraron fijamente un rato. La primera impresión no fue feliz para ninguno. Ruperto esperaba una mujer de físico más atractivo y acorde con una sensual voz telefónica. Estela no lo vio como un tipo divertido y, para castigarlo le dio una primera clase teórica, lo que decepcionó las ganas de empezar a practicar de Ruperto. De esa clase recordó sólo dos cosas básicas: se sale a jugar en grupos de cuatro y gana el que completa los 18 hoyos con menos golpes.

En cuatro meses de clases Ruperto estaba listo para salir a jugar a una cancha y Estela lo recomendó al Club “San Alberto”, donde ella había competido en su mocedad y tenía muchos amigos. Fue así que empezó a jugar y a sentir los miedos de todos los principiantes: en la salida a la cancha, ante la vista de todo el club, el miedo a errarle a la pelota en el primer tiro o pegarle muy mal. En otros hoyos: la vergüenza frente a sus compañeros de tirar mal e irse al agua, de dejar la pelota dentro de las ramas de un árbol, de mandarla fuera de la cancha, o de demorar el juego ante la mirada impaciente o fastidiosa de los otros miembros del grupo. Lo curioso fue que esas experiencias negativas, que lo estresaban, no lo frenaron sino todo lo contrario. Tenía la sensación de estar entrando a otra dimensión encontrándose con algo que daría sentido a su vida, por lo que intensificó sus clases con Estela y sus prácticas en el driving.

Luego de un año, una mañana de sol mientras caminaba por el campo de golf tuvo una epifanía y se dio cuenta que ya era un jugador de golf: tenía cierta experiencia y regularidad, un handicap razonable para su edad, y podía jugar con cualquiera sin pasar vergüenza. Al mismo tiempo comprendió que estaba atrapado por ese deporte y se sorprendió pensando que ahora no le interesaba otra cosa más en la vida que ganar al golf. Y, lo peor de todo, que ya no le importaba el método para ganar, debía hacerlo a cualquier precio. Lejos de rechazar esta última reflexión, que podría ser considerada malsana por un moralista, la hizo propia y se propuso armar un plan para ganar siempre. Fue entonces que su mente de ingeniero encontró una fórmula con dos tácticas combinadas: la primera, hacer que le anoten menos golpes por hoyo. La segunda, lograr que sus adversarios en la línea hagan más golpes por hoyo. Para lograr lo primero debía hacer trampa. En ello lo ayudaron los usos y costumbres del golf. Es que curiosamente, siendo un juego con miles de reglas no tiene árbitros ni jurados, salvo en grandes torneos. Si bien los golpes que da un jugador los debería controlar su compañero de línea, en la práctica cada jugador declara al final del hoyo los golpes que hizo y el compañero los toma por buenos y los anota en su tarjeta. Entonces, cuando jugaba y sabía que no era observado, movía la pelota de lugar mejorando el futuro tiro, reemplazaba una pelota perdida afuera del campo por otra igualita que ponía adentro, o directamente declaraba algún tiro de menos al final del hoyo.

La segunda táctica era más perversa. Consistía en trabajar sobre la cabeza de sus oponentes para hacerlos poner nerviosos y que erraran los tiros importantes. Sabido es que las conversaciones entre golfistas están reglamentadas, y que no se puede hablar en el momento del golpe, ni preguntar qué palo se usó o se usará en un tiro determinado. Sin embargo, los usos y costumbres hacen que los jugadores dialoguen mientras esperan turno para tirar o caminan juntos la cancha, lo que a veces es motivo de negocios y amistades. En el caso de Ruperto, su nefasto plan incluía el averiguar el nombre de las tres personas anotadas en el Club con las que jugaría en la misma línea el sábado siguiente y, con ese dato, utilizar todas sus armas informáticas para encontrar en la vida de cada uno de ellos un hecho o circunstancia con aptitud para ponerlo nervioso: un divorcio, una quiebra, una muerte, una enfermedad, un fracaso profesional, un amorío, un secreto, una estafa, una denuncia penal, una pelea con un socio, una desgracia en la familia, una vergüenza, o lo que fuera. Era así que munido de esa información crítica, aprovechaba algún momento de charla informal para sacar un tema de conversación que produjera en su interlocutor el recuerdo del hecho ingrato y que lo llevara a un estado de nervios para hacer un mal tiro.

El plan resultó y, en seis meses, Ruperto era un jugador invencible, tan admirado como odiado por todo el Club. Esto último porque era un engreído, un despectivo, alguien que se creía superior y que nunca abría su corazón al grupo, alguien con el que sólo se podía hablar de sus éxitos en el golf. Y cuanto más ganaba más superior se sentía y más despreciaba al resto de los mortales. Su vida era ganar al golf y sentía que la vivía plenamente.

Por fin, llegó el momento del torneo anual del Club, con participantes locales y de otros clubes. Había grandes ceremonias e importantes premios y, sobre todo, el premio mayor: la Copa de Oro “San Alberto”, codiciada por todo golfista no profesional que se precie de tal. Ruperto se anotó y, utilizando sus estrategias, logró pasar dos rondas y estar en la final. Averiguó con anticipación los antecedentes de quienes integrarían la línea ese domingo y se encontró con una sorpresa: había un inscripto que no respondía al patrón común de los jugadores con los que hasta ahora se había enfrentado: se trataba de Ceferino, un joven de 18 años nacido y criado en el Chaco, que provenía de un programa de integración social de una comunidad aborigen Quom. “Caramba” pensó, “¿y a este qué le puedo decir?”. El interrogante le duró poco ya que en seguida encontró las diversas penurias experimentadas por la tribu y una situación personal de Ceferino como alguien víctima de abusos. “Bingo”, pensó.

El día del gran juego, de los cuatro finalistas hubo dos que se destacaron y quedaron en situación de definir la copa: Ruperto y Ceferino. Cuando estaban por empezar el último hoyo, Ruperto se acercó casualmente a Ceferino y le hizo un comentario sobre una noticia que había leído sobre abusos en pueblos originarios. Ceferino, que estaba esperando turno para tirar, se detuvo en seco, lo miró fijamente muy serio, luego le sonrió y sacó de su bolsillo un papel que decía “Perdón, no hablo español, sólo el idioma de los Tobas”. Luego de ello, hizo un tiro de salida excelente dejando la pelota muy cerca de la bandera. Ruperto se sintió herido de muerte. Por primera vez su estrategia fallaba y ¡en qué momento! Entonces su estrategia le jugó en contra y Ruperto, nervioso, hizo un mal tiro de salida. Fue así que, luego de pocos golpes, se encontraron definiendo la copa de oro en el último tiro. Ceferino tiró primero un “put” muy difícil que, pese a la distancia, entró limpio en el hoyo y produjo una viva reacción del público. Ahora el turno de Ruperto, si embocaba, empataba, pero se quedaba con la Copa de Oro por una rara regla de ese torneo que favorecía al local. De lo contrario, iba a perder por primera vez en mucho tiempo y nada menos que la Copa de Oro. Pero Ruperto, en lugar de dedicarse a medir el tiro, no podía sacar su vista del rostro de Ceferino. Lo vio joven pero sufrido. Lo vio humilde, pero con una enorme dignidad. Lo vio serio, pero en paz. Y en los pocos segundos que mediaron entre el tiro de Ceferino y el de Ruperto, éste sintió lo que nunca había experimentado antes en su vida: la posibilidad de renunciar a algo para beneficiar a otro, sacrificarse para hacer un bien. Era una idea extraña, desconocida, casi subversiva, pero se le iba colando en la cabeza con la fuerza arrolladora que tienen las revoluciones cuando inician. En pocos segundos esa idea lo dominó. Tiró el “put” cerrando los ojos para no controlar el tiro. Se quedó con los ojos cerrados y los oídos abiertos. Después de un tiempo, que le pareció un siglo, se sintió el suave sonido de una pelota de golf entrando en un hoyo. Era una dulce música para los oídos de cualquier golfista del mundo. Para Ruperto significó otra cosa: nada lo libraría de su destino.

Eduardo Favier Dubois

Buenos Aires, 10 de abril de 2017.

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